Democracia en la selva

Desde que Tiger Woods anunció su retirada indefinida el pasado día 11 es de suponer que sus rivales izarían las orejas en punta como hacen los perros cuando vaticinan algo importante. El hombre que gobierna el golf mundial a base de imponer la ley marcial ha sucumbido, de momento, a su lado oscuro. Las infidelidades de pareja deberían tratarse entre dos personas, quien la hace y quien la sufre, pero la hipócrita moral estadounidense convierte los cuernos en un juicio popular donde se dicta sentencia condenatoria. Las agencias informaban el 27 de noviembre de un extraño accidente del californiano a bordo de su Cadillac. Poco después se supo que el percance venía motivado por el enojo de su esposa, la modelo sueca Elin Nordegren, harta de las aventuras extramatrimoniales del fenómeno.

Al calor de la popularidad que desprende el deportista mejor pagado del mundo han salido hasta diez mujeres dispuestas a confesar sus líos de cama con Tiger. Y las firmas comerciales que llenan de dólares al mito han tardado lo justo en retirar sus generosísimos respaldos económicos al mejor icono publicitario. Woods, el golfista de granito que apoya su jerarquía en un dominio mental insultante, se ha sentido vulnerable, tal vez por primera vez. Y ha arrojado el 'driver' en la bolsa sin fecha fija para bambolearlo de nuevo.

Rory McIlroy

Al marcharse de momento el hombre del saco se abre el abanico de posibilidades para los adversarios como despliega su cola el pavo real. Esta es la primera consecuencia para el golf mundial de las infidelidades de Tiger. Los rivales se confiesan amedrentados por él cuando aparece en el 'tee' del uno el domingo con el polo rojo que viste cuando puede ganar el torneo. O sea, casi siempre. En su saludo frío al compañero de partido le envía un mensaje de intimidación. Baste una pequeña batería de datos para entender la dimensión paranormal de Woods en su deporte: desde que se hizo profesional en 1996 gana uno de cada cuatro campeonatos dentro de una modalidad que coloca a 150 jugadores en la parrilla de salida; ha levantado catorce grandes, a sólo cuatro del legendario Jack Nicklaus cuando le quedan doce años para superar el registro; y se ha definido su 2009 como gris tras imponerse en siete torneos porque no ha alzado ningún 'major'.

Así pues, y mientras permanezca en barbecho, suena la campana para otros golfistas de altísimo nivel. Mientras los demás trataban de derrotarle, Tiger competía con el destino. Woods es tan enorme que se le inventaban obstáculos por el simple placer de ver cómo el felino de cuerpo rayado los saltaba. Llega la hora de veteranos ya curtidos en la victoria como Phil Mickelson o Jim Furyk; la de otros jugadores consolidados como Zach Johnson, el irlandés Padraig Harrington, los ingleses Paul Casey y Ian Poulter, el español Sergio García -siempre que remate las faenas en domingo y deje de perder trofeos con la espada, es decir, el 'putt'-, y del colombiano Camilo Villegas. Pero sobre todo, 'it's time' del norirlandés Rory McIlroy, un joven con el golf bello y preciso para aspirar el podio.

Tiger ha variado el concepto del golfista y ha condicionado la última década de este deporte. Fue el primero en reivindicarse como un atleta frente a tipos de barriga prominente que despreciaban el valor del gimnasio. Aún así, el argentino Cabrera, un tipo que avanza por el campo como un pato -de ahí su apodo- ganó el pasado mes de abril el Masters de Augusta.

Nace la época Post-Tiger

Pero después de Woods, la imagen del golfista parece otra, más estilizada desde luego. Tiger ya no pega tan largo como ningún otro, pero junto a la evolución del material fue responsable de que los campos ganaran metros cada año. Tampoco es el más recto ni el colmo de la estética, mas su incuestionable técnica, el efecto-muelle para acelerar el palo en la bajada y la supremacía mental que ejerce le han convertido en el rey de la selva. Él salva situaciones embarazosas dentro del campo donde otros colocan la bola en juego y mete los 'putts' que distinguen al más grande de los muy buenos jugadores.

Quedan sus registros

Nace otra era para el golf, la época post-Tiger de duración indefinida y, por supuesto, más democrática. Atrás quedan registros como el chico que empezó con dos años, el más joven en apuntarse un grande (el Masters de 1997), la hazaña de ganar tres 'salmones' en una misma campaña (la de 2000)... Eldrick, el deportista a quien nadie conoce por su nombre de pila, el hijo de un militar estadounidense que le apodó Tiger en homenaje al soldado vietnamita que le salvó la vida, el marido de Elin Nordegren abandona el 'tee' para enmendar su vida. Así lo ha dicho porque, de lo contrario, le despellejarían. Así lo ha manifestado para devolver el aliciente de la victoria a sus adversarios. Y, si el ánimo se lo permite, tendrá más tiempo de ocupar su silla 'vip' en el pabellón de Orlando Magic.

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