Santa Marina, el Paraíso en la Tierra

"La mejor manera de mejorar es afrontar con decisión los retos difíciles"

En un lugar de Cantabria de cuyo nombre sí quiero acordarme, no hace mucho tiempo que vivían una pareja de águilas y un sinfín de animales del ecosistema cántabro. Un territorio cerca de San Vicente de la Barquera donde reinaba la armonía y la paz. Donde los regatucos serpenteaban la ladera buscando una pendiente acorde a su caudal y donde los árboles, los arbustos, la hierba y los montes dejaban pasar el tiempo en una monotonía tranquila, sin sobresaltos. Todo estaba en orden. La naturaleza imperaba a sus anchas abarcando con sus brazos a todos aquellos seres que habitaban a su alrededor.

Todo parecía en orden, pero...... había algunos árboles que, si bien estaban lozanos y hermosos echaban en falta algo de divertimento. Los castaños dejaban caer sus espinas con la esperanza que algún despistado se pinchara con ellas y reírse al menos durante un rato, ya que pocos las utilizaban para hacer una magosta. Varias ardillas (descendientes de aquellas que podían atravesar España de árbol en árbol sin bajarse) se quejaban de la falta de dificultades en llegar a fin de mes. Las vacas disfrutaban de pasto suficiente, pero miraban a los pocos transeúntes como si pasara el tren, masticando rutinariamente un chicle eterno con desaire, como diciendo: "... que pása, tío".Todo parecía correcto, pero aburrido. Hacía falta algo. Algo...

De la noche a la mañana apareció el género humano. Quería transformar el entorno, hacer que donde había matojos hubiera un césped impecable. Que hubiera zonas de hierba baja, baja, baja y en el centro hacer un agujero del que surgiera de manera desafiante una bandera con un número del 1 al 18 ondeando con el viento indicando la manera de acceder a él. Aparecieron estacas de madera, abundando sobremanera las de color rojo, playitas aisladas con surcos alrededor con un cartel diciendo: "no me pises que es peor", algunos estanques sin peces ya que ninguna vida es capaz de crecer en sus profundidades...

Y el águila seguía sobrevolando. oteando, vigilando...

Y aparecieron entes monstruosos con gorrita arrastrando un carrito con 14 estacas de hierro dando golpes a diestro y siniestro amenazando a todo ser vivo que se pusiera por delante. Las ardillas se escondieron, las vacas dejaron de masticar, los búhos abrieron los ojos, el águila voló más alto...
Eso fué al principio. Posteriormente se fijaron en lo que hacían y comenzaron a disfrutar: "Mira éste, cómo se cabrea por que ha lanzado esa cosa blanca adonde están las estacas rojas, mira el otro cómo saca el puño porque la cosa blanca ha desaparecido bajo tierra..."

Y la cosa cambió. Las vacas dieron más leche, las ardillas hicieron clubes en los árboles cercanos a la hierba baja, baja ,baja..., las plantas se llenaban de fotosíntesis, el bosque profundo se ponía más salvaje deseando atraerlos, los árboles intentaban subir más alto para poder ver mejor y el águila se balanceaba jovialmente viendo a los seres monstruosos hacer el ridículo detrás de la cosita blanca llena de agujeros.

El bosque era feliz, se divertía.

Y aquellos seres que al principio maldecían por doquier y que sembraban nidos de bolas en el agua de los regatucos se aclimataron, se ensamblaron con la naturaleza imperante y disfrutaron de muchos días de felicidad consigo mismos como si se encontraran en el Paraíso.

Dicen que Dios es más feliz cuando sus hijos juegan. Juega en Santa Marina y serás feliz, porque cada golpe es buscar la armonía con la Naturaleza, la armonía con Dios y con uno mismo.
Así como es imposible que un pino crezca en el campanario de la ermita cerca del tee del 1, también lo es ganar al campo.

Fuente : Espiritu de Golf.

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