
Hay rebaños de cabras en la calle, líneas de alambre de púas por los greens y un antiguo campo de entrenamiento de los talibanes se encuentra detrás del noveno hoyo. Ciertamente, el Club de Golf de Kabul no es la más gentil de los lugares en los que disfrutar de una ronda de golf o dos, pero hay pocos como memorable.
Los greens son de color marrón formado a partir de una mezcla de aceite y de arena y la roughs es muy áspera. De hecho, son pocked con cráteres de artillería. El remodelado Kabul Golf Club vuelve a ofrecer a afganos y extranjeros la oportunidad de hacer un recorrido de nueve hoyos, el único que se puede encontrar en Afganistán. El par se ha colocado en 36 golpes y hasta se organizan competiciones con fines benéficos como el Kabul Classic.
Este Club es una sensación de deporte extremo por las dificultades que presenta el campo y por el entorno en el que uno se mueve.
Sesenta afganos de todas las edades, desde ocho a cincuenta años, y treinta extranjeros acuden cada semana al campo. Los primeros, si son pobres, juegan gratis. Si son afganos con negocios, pagan 25 dólares y todos los extranjeros, treinta. Este precio incluye el bag caddy y otro fore caddy que se encarga de la complicada misión de localizar dónde cae cada bola entre rocas y matorrales.
Por la mitad de las instalaciones discurre una pista por la que constantemente pasan vehículos hacia un merendero cercano y cada extranjero que inicia el circuito debe asumir que durante al menos tres hoyos va a tener tras de sí un séquito de vendedores de chicles, patatas fritas o camellos de peluche. Esto es Afganistán, no Augusta.




































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